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El motín de Binéfar

Texto: Silvia Isábal Mallén

04.10.2016

El día 4 de este mes de octubre se cumple un siglo de un hecho que tuvo lugar en Binéfar y que provocó que la villa se convirtiera en noticia a nivel nacional. El suceso no fue otro que un motín, ejecutado con inteligencia y de forma peculiar, en protesta por la mala administración municipal y que hasta ahora permanecía inédito.

Como es bien sabido, el impacto del regadío consecuencia de la construcción del Canal de Aragón y Cataluña y la existencia de una estación de ferrocarril, provocaron un rápido e importante desarrollo en la villa, que se encontraba en 1916 en plena ebullición. A nivel político, su situación no difería de la del resto de poblaciones de la provincia, en la que estaba instalado un tipo de cacicato estable de signo liberal en el que la figura de Manuel Camo, jefe provincial del Partido Liberal, ejerció el control sobre los organismos locales y provinciales, estando los ayuntamientos y la Diputación Provincial de Huesca en manos de sus amigos. Manuel Camo murió en 1911, siendo sustituido por Miguel Moya, que mantuvo las directrices de su antecesor.

En Binéfar había un importante grupo de liberales seguidores de la figura de Camo que se mantuvieron en el poder de forma ininterrumpida desde 1904 hasta 1917, y aunque estuvieron presentes en la práctica totalidad de los gobiernos municipales, se fueron turnando en la alcaldía, que algunos de ellos ostentaron en varias ocasiones. Alcaldes de este período fueron Francisco Montanuy (jefe local del partido), Domingo Murillo, Vicente Dotú, José Gías y Mariano Ibarz. Como consecuencia de este largo período en el poder y del total respaldo de las autoridades provinciales, la gestión municipal acumulaba irregularidades. El patrimonio municipal, vendido o cedido en permuta, desaparecía sin que el pueblo percibiera ningún beneficio de ello, se gastaba por encima de las posibilidades, se sospechaba de la ausencia de los obligatorios libros de actas y cuentas, y los plenos se convocaban a capricho del alcalde. Tampoco los impuestos se cobraban de forma reglamentaria. Binéfar se había acogido a la Ley Sustitutiva del Impuesto de los Consumos, lo cual implicaba la creación de una serie de tributos específicos. Como solamente se había implantado el de las carnes, su financiación dependía fundamentalmente del reparto vecinal. Este se llevaba a cabo gracias a la Junta Municipal de Asociados, formada por el alcalde, los concejales y una serie de contribuyentes elegidos por sorteo, que determinaban la cantidad a recaudar y los vecinos a los que afectaba el impuesto. Sin embargo, en 1915 este reparto fue confeccionado por el alcalde Dotú y el secretario, sin intervención de la Junta.

Las elecciones anteriores al motín tuvieron lugar el 14 de noviembre de 1915 y la composición del Ayuntamiento volvió a contar con mayoría liberal, de forma que de los nueve miembros que lo componían, siete pertenecían a ese partido. La oposición la formaban José Ibarz Ibieca y Ramón Torres Zarroca, y aunque todo hace indicar que pertenecían a la candidatura presentada por el Centro Obrero, en realidad representaban a un amplio sector de la sociedad binefarense. De entre ellos, fue elegido alcalde Domingo Murillo, labrador, militar retirado y liberal a ultranza, que ya había ostentado la alcaldía anteriormente. Los disgustos comenzaron pronto y así, en febrero de 1916, se recibió una notificación de Hacienda que reclamaba al Consistorio una importante cantidad de dinero procedente de la deuda contraída en los últimos cinco años. Los dos concejales de la oposición solicitaron al alcalde las cuentas de los últimos años y como este se las negó, fueron a Huesca para conocer la auténtica realidad financiera de la villa. Allí confirmaron que la situación era incluso peor, ya que afectaba a diversos conceptos y se extendía en el tiempo hasta 1909. Las sospechas de malversación provocaron un lógico enfado y se apresuraron a exigir en pleno (en el que según testimonios se llegó incluso a las manos), que constara en acta su falta de responsabilidad en los hechos. No se limitaron únicamente a eso, sino que denunciaron al alcalde Murillo ante la Delegación de Hacienda por mala administración municipal y enviaron sendos telegramas al Gobernador Civil y al Ministro de la Gobernación exponiendo la situación. Pasaron unos meses tensos de pocos plenos y abierta hostilidad entre mayoría y oposición, hasta que en agosto llegó el momento de cobrar los impuestos del ejercicio 1916 y Domingo Murillo procedió a hacerlo tal como lo había hecho su antecesor el año anterior. Esta vez los binefarenses no iban a consentirlo y la denuncia fue ante el Juzgado de Instrucción de Tamarite, enviándose de nuevo telegramas al Gobernador y al Ministerio de la Gobernación. Se personó en la villa un oficial de Hacienda al que se le informó de que el reparto no podía realizarse porque el secretario había estado enfermo durante todo el año, algo que José Ibarz se negó a firmar a pesar de las presiones, por lo cual el oficial tuvo que permanecer en Binéfar para intentar llevar a cabo un reparto legal. Para ello se convocó a la Junta Municipal el día 5 de septiembre, pero solamente asistieron el alcalde, el concejal Torres y un numeroso público que solicitó al oficial la revisión de las cuentas del periodo 1909-1915. Se volvió a hacer otro intento el día 10 con parecidos resultados así que, vista la situación, el oficial terminó realizando un reparto con ayuda del alcalde y algunos concejales, pero ante las irregularidades en su confección y la disconformidad en la cuota que tenían que pagar determinados contribuyentes, el acta fue solamente firmada por ocho miembros de los dieciocho que componían la Junta.

A pesar de todo, el reparto fue expuesto el día 29 para que se realizaran las preceptivas reclamaciones, y ya el día 1 de octubre tuvieron lugar concentraciones delante del ayuntamiento que pedían a gritos justicia y la destitución de los concejales. Se envió una comisión para explicar al Gobernador la situación y se volvió a enviar un telegrama al Ministro de la Gobernación en el que se avisaba que si no actuaban las autoridades, el pueblo haría uso de su soberanía. Al alcalde Murillo le llovían las protestas desde todos los sectores de la población, y decidió convocar de nuevo a la Junta el día 4 para arreglar el reparto o bien confeccionar uno nuevo. Fue una sesión que comenzó de forma solemne y a la que acudió tanto público que muchos no pudieron acceder al salón de plenos, permaneciendo en la calle. Sin embargo, a la hora de renovar la Junta, como era preceptivo según la Ley Municipal, Domingo Murillo se negó a realizar el sorteo, y esa fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de los binefarenses. Estos se levantaron, arrojaron al alcalde y sus concejales del estrado, se apoderaron de las llaves del edificio, de los libros y de la caja de la recaudación y, después de cerrar el ayuntamiento, marcharon al cuartel de la Guardia Civil para entregar dichos objetos al comandante. Este se negó a recibirlos, por lo que se dirigieron a la casa del juez municipal, Benito Coll, que acabó haciéndose cargo de ellos. Notificado el Gobernador Civil, se trasladó a Binéfar acompañado del Teniente Coronel de la Guardia Civil de Huesca, no sin antes haber dado aviso a los puestos cercanos para que estuvieran alerta por si tenían que actuar, aunque la actitud de los amotinados no dio en ningún momento motivo para ello. Una vez en Binéfar, lo primero que hizo fue restituir al alcalde en sus posesiones y convocar una reunión para el día siguiente. En ella, Federico Soto Mollá escuchó al alcalde, a los concejales de las dos facciones y también a varios portavoces del público. A continuación, les exhortó a que tuvieran fe en la justicia, prometió la revisión de cuentas y la aplicación de sanciones si se probaba la supuesta malversación. El señor Soto fue aclamado, vitoreado y acompañado hasta la estación. Una vez en Huesca, cumplió su palabra y envió al jefe de cuentas del Gobierno Civil para llevar a cabo la revisión de las finanzas de Binéfar.

Aunque en 1916 la protesta social iba adoptando formas más modernas y vinculadas al movimiento obrero, los motines seguían produciéndose con frecuencia, y todos terminaban con la actuación de las fuerzas del orden. Que en Binéfar fueran los amotinados quienes recurrieran a la Guardia Civil, constituyó una novedad que sorprendió a una prensa acostumbrada a notificar motines un día sí y otro también, y por eso los hechos contaron con una amplia difusión mediática. Periódicos de difusión provincial y nacional de todos los rincones de España se ocuparon del tema, en ocasiones en largos editoriales en primera plana. Todos ellos sin excepción mostraron sus simpatías hacia el pueblo de Binéfar, no en vano el problema de la administración municipal afectaba a prácticamente todas las poblaciones del país. En ellos se pueden leer frases como: “No podemos por menos de expresar nuestras simpatías por el vecindario de Binéfar”, “Qué lástima que el ejemplo no cunda en otras partes”, “El único pueblo de España en que hay vergüenza es Binéfar, provincia de Huesca”, “Son tantos los pueblos españoles que necesitan un rasgo como el ejemplar de Binéfar”, “Nosotros os envidiamos porque habéis dado el paso hacia vuestra regeneración administrativa”, “Admiramos a ese pueblo consciente y digno de Binéfar”… Se ocuparon del suceso incluso personajes importantes de la época, como el político, periodista y escritor Ángel Samblancat o el conocido dramaturgo y también escritor José López Pinillos.

Desgraciadamente carecemos de datos para conocer si se probó la malversación y se aplicaron sanciones, pero el hecho de que no se repitieran las protestas, hace pensar que al menos los binefarenses lograron ver cumplidas sus demandas de legalidad y transparencia. Domingo Murillo terminó su legislatura, pero fue ya el último alcalde liberal, siendo sucedido por Ramón Torres, que contó con José Ibarz como concejal.

 

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