Camporrells: Manantial de sensaciones Reviewed by Momizat on . Camporrells se eleva a la orilla del Barranco del Regué, santo y seña de una localidad bella y discreta. Sus casas se escalonan entorno a un monte sobre el que Camporrells se eleva a la orilla del Barranco del Regué, santo y seña de una localidad bella y discreta. Sus casas se escalonan entorno a un monte sobre el que Rating: 0
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Camporrells: Manantial de sensaciones

Camporrells: Manantial de sensaciones

Camporrells se eleva a la orilla del Barranco del Regué, santo y seña de una localidad bella y discreta. Sus casas se escalonan entorno a un monte sobre el que se alza la ermita de San Miguel (siglo XII). El grueso de las viviendas rodean y engalanan la historia de más de tres siglos que miran y seducen al templo parroquial de San Pedro (1768). Es hora de acomodar la cámara fotográfica a nuestro hombro para retratar el ilustrado presente de un pueblo insoslayable al buen gusto.

En este segundo capítulo de “Un paseo por…” volvemos a alzar nuestra mirada a La Litera Alta con parada en Camporrells. Entramos a la localidad por el norte a través de la N230 (Lérida-Viella); tres kilómetros nos acercan y descienden hasta las primeras y amplias casas del pueblo. Antes, la vista se detiene a nuestra izquierda para contemplar el nuevo depósito de agua con capacidad para 1.000.000 de litros e inspirado en la previsión y necesidad de los camporrellenses, y en la futura puesta en marcha del histórico balneario local. La vía, perfectamente pavimentada, se ve aumentada en los metros finales por una amplia acera rojiza y algún que otro paso elevado que aminora nuestra velocidad. Nos recibe la plaza de la Cruz, a la cual volveremos en nuestra ruta, pero ahora es momento de aparcar e iniciar el paseo pretendido. La vía que nos trae parte el pueblo en dos; al oeste el Barranco del Regué y el grueso de viviendas a su vera, y al este el barrio del Mas con la ermita de San Miguel sobre el monte que también da cobijo a la casa de nuestra estimada Fundación Crisálida.

Iniciamos nuestro paseo en la misma puerta del antiguo balneario de Camporrells. Poco o nada queda de lo que a principios del pasado siglo fue una fuente de riqueza económica y referencial para el pueblo. Un balneario de aguas medicinales que se alimentaba del manantial de Las Fuentes, y que en 1988 cerró sus puertas con la esperanza de una segunda parte que se espera y trabaja. En la actualidad, la totalidad del terreno ya es municipal, el Ayuntamiento de Camporrells tiene en sus manos la concesión de utilidad pública del agua para el balneario y se espera poder acometer el proyecto del mismo en un plazo reducido de tiempo. Desde este punto del pueblo, los sentidos están de enhorabuena. La vista brilla, el oído canta y el olfato se eleva perfumado a través de la frondosidad de un bosque de quejigo y encina que rodea y acompaña el camino y descenso del Barranco del Regué. Las Fuentes del Molá son las que dan vida al barranco y su belleza para que adorne Camporrells de norte a sur, con el pantano de Santa Ana como última estación. Ochocientos metros son los que hermanan al barranco con el pueblo. Casi un kilómetro que nace en el balneario y que muere en la fuente del Molí de Abaix. Un paseo poético que se ha visto favorecido por la reciente rehabilitación de la senda y sus ornamentos. En su discurrir dejamos a nuestra derecha la antigua fábrica de harinas, la agradable postal de los puentes del Portal y La Roda, siendo en este último donde cruzamos el curso del barranco hasta llegar a la fuente del Molí de Abaix. Aquí es donde cada 30 de julio, fijan su lugar de encuentro los totxetaires camporrellenses antes de iniciar el tradicional “Ball del Totxets”. El final de este primer envite nos descubre una zona de recreo con bancos, mesas, barbacoa y una vista privilegiada del pueblo con la torre de la iglesia de San Pedro como principal testigo. Junto a este subterfugio para el descanso, se acomoda el edificio del molí más añejo de Camporrells, hoy convertido en casa particular. Pegado a la vivienda, un cartel nos anuncia la salida hacia la ermita de Los Mártires y Baldellou. El Barranco del Regué sigue su curso perdiéndose en el denso y exuberante bosque que le acompañará hasta el Congosto de Camporrells, límite con Baldellou. Nosotros retomamos el camino, volviendo sobre nuestros pasos para introducirnos en el corazón del pueblo.

 Cruzamos el puente de La Roda y al frente se descubre el primer porche que nos introduce a la calle de la Cuesta. Buscando el centro de la localidad, ahora el paseo nos invita a subir por una calle, que como muchas de sus vecinas, luce un empedrado que muestra el mimo municipal al cuidado del pueblo. La calle de la Cuesta es una de tantas que suben hacia la plaza de la Iglesia; su ascensión con giro a la derecha nos va descubriendo un seguido de viviendas, muchas restauradas, y la mayoría con el nombre de la casa en su fachada principal: “Susana, Silva, Roma, La Justa, Manolico, Gardet, Domingo, Valenciá, Polo”… A la hora de enfilar la última recta elevada hacia el centro, la calle se estrecha al punto de ocultar, casi por completo, el cielo azul que nos acompaña. Llegados a la plaza de la Iglesia, la vista confirma que estamos en el núcleo social, histórico y popular de Camporrells. La Casa Cosistorial a la izquierda, ensanche vial al frente y escaleras a la derecha que nos conducen a la plaza y parroquia de San Pedro; el templo barroco fue reedificado sobre otro románico en el año 1768.  Aquí, en esta plaza, bailan y descansan los totxetaires de Camporrells, aquí se planta el pino tradicional cada 30 de abril, aquí se medio esconde el rincón de la orquesta en las Fiestas Mayores de julio-agosto, en honor a San Abdón y San Senén… aquí Camporrells alcanza su plenitud rodeada de vecinos y discreto orgullo. El sol de mediodía cae sin menoscabo sobre el centro de la escena, el pino, con una semana de “vida”, luce vertical en su intento de hermanarse en las alturas con la torre de la iglesia de San Pedro. La quietud a esta hora nos conecta y contrasta con las nobles noches de la Plantada del Mai o con las sentidas mañanas del Ball dels Totxets. Sabor a Camporrells.

 Retomamos el paseo por la amplia y reluciente calle Nueva. Las casas se suceden con fachadas blanqueadas y rincones sombrios que invitan a la reflexión de un dato a tener en cuenta; el padrón de aguas y basuras en Camporrells dobla al padrón de habitantes. Casas estivales para una población, principalmente catalana-barcelonesa, con raíces directas y cuidadas con la localidad camporrellense. Emigración iniciada en los años veinte del pasado siglo y que se acabó de confirmar en la década de los sesenta. De tal modo que en un centenar de años, Camporrells ha pasado de 1.000 habitantes, a poco más de 150. Familias que buscaban futuro-trabajo y estudios para sus hijos. Hoy esos descendientes, con los suyos propios, multiplican la población por tres en los meses de julio y agosto, principalmente. Cumplida la reflexión y razón argumental, seguimos nuestros pasos por la calle Nueva y su generosidad vial al inicio que se va rebajando entre porches a espaldas del templo parroquial. Sin dejar el camino recto emprendido, nos introducimos en la calle de la Acequia y posterior entrada al bar Social, único establecimiento hostelero en el pueblo; hace unas cuantas décadas, Camporrells llegó a contar con tres bares (Casa Matías, Buixet y Bar de Guelida-Agustinet).

 Ahora vemos a lo lejos la plaza de la Cruz y hacia ella nos encaminamos en nuestra salida del corazón camporrellense. Dejamos a nuestra izquierda la calle Balneario (salida dirección Nachá e inicio de nuestro paseo) y la calle José Perisé (lugar donde se ubican las nuevas oficinas municipales y consultorio médico). Mientras, a nuestra derecha, y rodeada de un colorido arco floral, aparece la coqueta plaza de La Cruz, primera imagen que el pueblo nos dedica a la entrada del mismo.  Cumplido buena parte del paseo, nos dejamos para el final la zona sureste de la localidad introducida por el Paseo José Sistac, salida por carretera hacia Baldellou. Nuestro objetivo busca la ermita de San Miguel (XII), previo paso por el barrio del Mas. A unos doscientos metros de camino, giramos a la izquierda para comenzar a subir hacia el barrio mencionado. Una calle, en la misma línea que las descritas con anterioridad, nos conduce, cada vez con mayor esfuerzo, a la ermita indicada y cementerio municipal. Hoy, la ermita de San Miguel hace las labores de capilla del cementerio; antaño fue la iglesia parroquial del pueblo. Camporrells dependió, canónicamente, de la Abadía de San Pedro de Ager hasta la anexión de ésta al Obispado de Lleida, en 1874. A partir de 1998, las parroquias camporrellenses están vinculadas al Obispado de Barbastro-Monzón. A las puertas de la ermita de San Miguel, las vistas resultan tan atractivas como el grueso del camino recorrido en las dos horas que descubren nuestro paseo. La altura nos muestra el tejado común de Camporrells con Nachá al fondo, Los Martires a la izquierda y la ermita de San Quílez (Estopiñán del Castillo) a la derecha. Todo un lujo al alcance de la afanada cámara fotográfica que seguirá mostrando sus virtudes en nuestro siguiente y último destino.

Deshacemos el camino y bajamos hasta el Paseo José Sistac para emprender rumbo hasta la zona deportiva. Para ello, volvemos a la plaza de La Cruz y andamos dirección Estopiñán. Al poco, encontramos a la derecha el desvío pretendido que nos conduce al cuartel de la Guardia Civil, piscinas municipales y zona deportiva, con frontón incluido. Poco más arriba, llegamos a nuestra postrera parada y final del paseo. La casa de la Fundación Crisálida nos recibe con la calidez habitual, abrazos incluidos. Su ubicación es un privilegio bien merecido por Jacinto, Lucia y todos los chicos y chicas que forman esta “familia panadera”. Las vistas desde la terraza de la casa vuelven a ser un regalo celestial rebosante de verdes en primavera. Aquí estamos, aquí llegamos y aquí nos quedamos… en Camporrells; un lugar con historia, espacios y personas para no olvidar.

 
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